A fuerza de pereza e ignorancia, la conciencia social española parece deslizarse hacia un solar inhumano. Y no es objeción para ello el número de doctores y licenciados que tenemos por las calles. Pues el lector habrá de saber que también es posible una ignorancia letrada. O incluso sería peor, por ir acompañada de soberbia y suficiencia. Y si no, pregúntense por las actuales huestes que no piensan los motivos por los que siguen y aclaman a algún caudillo cualquiera. Aunque en ello haya algún rédito en forma de narcisismo –un gustarse sin precisión de coherencia, de razón, ni de argumento. O repárese también en el uso del estrado de los jueces, tal si fuera un comodín suficiente a resolver lo moral y lo inmoral. Con el efecto de ahorrar la disciplina de analizar y saber. Asunto éste de gran entidad, si se tiene en cuenta la magnitud del poder en que se hace esa dejación de la autónoma capacidad de enjuiciar –un abogado, en el periódico de ayer: las relaciones entre la justicia, la policía y la fiscalía hacen que acumulen un poder inmenso sobre la libertad del ciudadano. Por si alguien concluyera que, una vez configurada, la democracia no fuera ya algo que defender con fuerza de voluntad, ponderación y razón.

©

Anuncios