De atenernos a los dictados de una secuencia lógica, habría que concluir que el suicida no mira otra cosa sino el logro de su propia muerte. Al menos es lo que se comprende en el límite de su concepto. Pero si así fuera tan sólo, ello lo haría consistir en un acto de banalidad insoportable. Porque se dice que los suicidas suelen mirar alrededor, y disponer el contexto de los hechos y la escena: quien se afeita pulcramente y se acicala, quien premeditadamente pone orden y limpieza en el lugar donde proyecta los hechos, quien escribe una misiva con esmero material y redacción meditada… Como si la eficacia moral del hecho precisara de un contexto mundanal, y preparativos minuciosos que lo enmarquen. Después, el espectador: quienes encuentran el cuerpo, o presencian la ejecutoria. O quienes, tan sólo, la comentan y amplifican. También éstos precisan su ceremonia –fuera real o inventada. Sobre el particular, recuerdo la tradición que circulaba en la huerta de Murcia, año en año y boca en boca –sobre suicidas arrojándose en la catedral de lo alto del campanario. Siendo así que para el fin perseguido, hay alturas más asequibles y -con menos- suficientes. Pero la torre catedralicia, segunda en altura de España, su abolengo, su robustez delicada y su tan grande belleza… fueron marco imaginario para hechos que se querían tan definitivos –y para leyenda tanta.

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