No sé si hay motivo de extrañeza en desear algunas veces, en ocasiones sucesivas y distintas, un solo y mismo objeto de deseo. Por un lado, me viene en ocasiones la ocurrencia de que aquello que nos es apetecido no tiene por qué serlo, de modo necesario, sin que en ese deseo se produzca intermitencia. Sobre todo porque el desear es también un salir hasta el encuentro de aquello que, por ese movimiento, encontramos deseable. Pero también me visita en otras ocasiones esa idea trasnochada –según la que persiste para siempre alguna comunión con lo que un día quisimos. Como una raigambre mucho más que emocional, que eleva nuestras cosas a la estatura de mundo –que el pasado y el presente los organiza en historia.

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