Sé que el lector me podría afear la temeridad de unir lo más cierto que hay, con el juego de conjeturar –un divertimento tan sólo, si no mira a cosa que tenga otro interés que la conjetura misma. Incluso se me podría objetar que el terminar la vida nos sucede por igual a todos: desde el viejo hasta el infante. Y que no es razonable dar por adquirida la capacidad de conjeturar para todos y cualquiera. Pero se me concederá que hay un terminar la vida dicho en primera persona. Como quien en su día la tomó de su mano y, a lo largo de los años que le fueron concedidos, la lleva hasta su final de un modo consciente y determinado. Y aquí vengo al asunto que dije acerca de conjeturas. Como imaginar maneras de volver la vista atrás, y enjuiciar el modo como paulatinamente fuimos aconteciendo. Así, pienso en aquellos cuya vida transcurrió coherente con un modo de entenderse desde los años primeros. Cuya mirada retrospectiva permitiría contemplar la placidez del lugar conocido y recorrido por los años que fueron el bastidor en el que tejió su vida. O quien improvisó, obedeciendo al instante de cada requerimiento de aleatorias circunstancias –cómo se vería al final, tal si cada lance vivido fuera final en sí mismo. Una vida atomizada. O también aquel que mantuvo sobre sí concepciones cambiantes y diferentes. El que fue uno y fue muchos. Cómo se vería en su fin como lo que siempre fue: una obra inacabada. Otro modo de decir –para cada conjetura- que los ojos que nos miran son aquellos con los que siempre se vio: terminar como en la vida se fue… Una nueva conjetura.

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