El mercado semanal tiene sobre todo sus rutinas. El orden de los puestos, las proclamas que lanzan los mercaderes, el moverse y detenerse de quienes hacen la compra. En ocasión todavía no lejana, advertí la novedad de que un puesto había cambiado en una esquina –el lugar donde unos marroquíes vendían bolsos, monederos, maletas de piel o cuero, esta vez lo ocupaba un tenderete donde vendían zapatillas. En el extremo, se amontonaban con desorden un montón de pantuflas semicerradas con una cuatribarrada enorme –aragonesa de origen, pero ahora catalana-, tan crutres por el material como vistosas por el amarillo y el rojo, con el brillo del satín que los portaba. Pensé que sólo por una deformidad ideológica podría explicarse un gusto por usar complemento semejante. Como una afirmación regional de eficacia muy dudable, pues unas mujeres de apariencia tan humilde como ayuna de sofisticación o cultura compraban con regocijo –animadas por el color rojigualda y con orgullo notorio- por portar –decía una de ellas- esa bandera española.

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