Vengo de una juventud donde la autoridad se permitía muchas cosas. No digo esa autoridad de varas de mando, de birretes, de uniformes –antes bien, la que nos enseñaron a reconocer en personas señaladas: el anciano venerable, los progenitores, o el maestro de la escuela –por decir algunos casos. Y esta autoridad, aceptada tan de grado, se permitía muchas cosas como decía al comienzo. Lo que peor yo llevaba, y el recuerdo me lo trae con inquietud que en ocasiones resurge, era la obligación de escucharlos –fingiendo atención, y con semblante correcto- cuando descargaban insufribles peroratas. O las interminables reuniones donde todos compartían las palabras esperadas sobre asuntos muy de antemano inducidos. Con empalago y un oscuro aturdimiento. Quién dijera por entonces que ese hartazgo se vertiera conformando una general retórica –adormeciendo, anulando el criterio y la razón que se distancian y enjuician.

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