Ara Malikian, su violín y su maestría, han colmado los casi mil ochocientos asientos del aforo –auditorio de provincias. Poca vez allí se ve concurrencia semejante -y no por falta de músicos de mérito venidos de cualquier parte del mundo. Pero hoy no había música principalmente o tan sólo –había, en sentido literal, un espectáculo. En el escenario, una batería, percusión, timbales y un pandero, violonchelo y contrabajo, tres violines, un guitarrista que alterna el manejo de dos guitarras distintas. Nada de clasicismo, ni virtuosismo tampoco –antes bien, un estallido remarcando los ritmos en el seno de melodías poderosas. Luces que juegan en el destello de los focos de colores, y entre todo una puesta en escena que se afirma con vigor. Malikian introduciendo los temas con bocadillos de humor y de humildad en los gestos y palabras –nada que ver con el inolvidable humor que Les Luthiers ponían en la escena. Pero los asistentes acudieron con deseo de aplaudir, de admirar y divertirse –pretensión no defraudada, por mostrar que la cultura posee también su expectación popular, su intercambio comercial y su estrategia.

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