Podría describir el transcurso de su vida por estratos sucesivos, cada uno definido por el objeto que fijó su atención de modo predominante. Y así, podría referirse al tiempo de adolescencia como época de idealismo muy ingenuo encasillado en los moldes religiosos, o unos años de juventud como estrato definido por la obsesión que sufría por los versos y su mundo, u otros años más maduros cuyo emblema fuera la pasión por enseñar o la inquietud filosófica, o después otra franja de su edad donde cualquier idealismo cristalizaba en los moldes del positivismo más realista. Y así sucesivamente, hasta un punto que sentía muy cercano –pues la vejez todavía lo miraba muy de lejos. Aunque mantenía, pese a tanto transformarse, su sentido y su conciencia: la unidad de sí mismo atravesando los periodos y los tiempos –un él mismo y mismamente, consistiendo en la aptitud de creer con abandono. Cualquiera fuera el motivo por el que se recobraba cada día y a cada instante, como viéndose y palpándose a través del cristal enajenado que lo miraba y tenía.

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