No conocieron muchos la peripecia en un apartamento de lujo de cierta gran ciudad –los hechos que alcanzaron a esa pareja tan joven y acomodada cuando, un hatillo de menguadas pertenencias y tras compartir sollozos, él dio un portazo y sin otra providencia se marchó. A partir de ahí, el prodigio más intrascendente de una mala soledad: los hechos que seguirían, arracimándose como argumento masivo de cuanto poco a poco los fue llevando hasta allí. O mejor, los hechos acontecidos de una parte solamente –pues la otra, una vez que se hubo ido, olvidóse y nada más se contó. Por lo demás y en relación con el resto de vecinos una negación insistente, enfatizada, del decoro cotidiano –el silencio razonable, la cortesía que se debe en los espacios comunes… cuantos detalles civilizan la convivencia en una comunidad. Como una negación tan sórdida y angustiada del estar consigo a solas –contrarrestada por el desdén, por el menosprecio expreso, en todo su alrededor.

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