La plaza pública, el ágora o el foro, sin oratoria ni discurso vertebrados –el estrado del Congreso, un timeline de twitter. Con esa visibilidad universal que convierte los debates en capea pueblerina, con indoctos mirones asomados a la tapia. Y mira uno hacia atrás, en el tiempo transcurrido –para constatar que es reciente, casi hodierna la dolencia de que hablo. No una crisis de generaciones que sepultan a generaciones anteriores –mas una decadencia que se extiende sin frontera. Simultanea –también y de qué modo- con el decaimiento de la prensa, trasuntada en epifenómeno superficial de cuanto acontece en el plasma. Dos signos de una realidad sociológica que subyace, o causas que se requieren con irreflexión pareja –tal petición de principio, o alumbramiento espantable de una hidra de cabeza geminada.

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