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El profesor de filosofía del derecho, con voz que pretendía persuasiva –atemperada- afirmaba que las normas positivas vendrían a suplir el fracaso en entenderse –por sí mismos, y sin prescripción ajena, por parte de las personas. Y así afirmaba que la convivencia marital, por un ejemplo y en el caso deseable sobre todos, debiera regularse por un entendimiento amoroso, desprendido y abnegado por parte de los cónyuges. Y esto lo llevaba asimismo hasta esferas más amplias y objetivas: el barrio, la sociedad, la patria, el concierto mundial de las naciones. Como indicando que el derecho –su naturaleza- nace de una limitación de la capacidad de entenderse, y la bondad de los hombres. Un principio tan débil como falaz. Y lo afirmaba con autoridad proveniente del estrado doctoral, preeminencia que concede su primacía al saber –por establecer un orden académico común, ajeno a cualidades no políticas de moralidad privada.

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