Cada día, una historia diminuta que termina en sí misma –sin seguridad de ser parte de proyecto, o tener proyección en historias diminutas posteriores. Una vida que comienza y que termina, con repetición y rituales de gestos ejecutados sin advertirlo apenas. Y sin embargo esa historia limitada es posible porque nuestro pensamiento, nuestro amor a cada paso mira más allá de la frontera temporal en la que se acaba el día. Porque sentimos que –haya o no un futuro, haya o no la haya una esperanza- hay tiempo más allá de las horas tan estrechas que con la noche se agotan. Porque hay tiempo más allá, o podemos tenerlo todavía, aunque sea de ese tiempo por venir más o menos lo que él mismo nos depare, o en su acontecer nos sea.

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