Quién tiene las ideas más relumbronas y tópicas –es el modo exterior de una política. La que disimula una ambición de poder, o la defensa del único medio de vida que poseen partidos y candidatos. Y de ahí el parloteo estomagante en tantos años de usurpación del discurso, en política y España –cuando, para no decir, el orador busca esconderse en medio de las palabras. Tantas veces he pensado que ese discurso insincero vulnera el principio más pragmático de un acto comunicativo: la lealtad que se debe a quien escucha, la claridad y la espera de respuesta. Intoxicación al fin, por decenios y masiva. De aquí el alivio de tantos si vieran, por una vez cuando menos –y por si fuera un inicio-, un asunto de importancia compartida para todos –con voluntad de acordar, concreto como también productivo.

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