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La leyenda afirma que, en sus orígenes, se pronunció un maleficio sobre el teatro Romea. Seguramente, por haberse erigido a partir de la expropiación de terreno sagrado de un convento dominico. Y es que un incendio habrá de devorarlo en un día en que se encuentre completamente lleno su aforo. De aquí la tradición que consiste en dejar unas entradas sin vender, las jornadas de grandísima afluencia. Y hay murcianos que lo creen a pies juntillas –o mejor, que viven y que hablan tal si acaso estuviera por llegar semejante apocatástasis. Con su superstición medio vana y medio culta –de creer porque sí, sin motivo y sin objeto que ganar con tal creencia.

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