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Pues que de Castilla hablamos, Madrigal de las Altas Torres es un pueblo de belleza caprichosa –por su arte, por su historia, por sus dilatadas plazas y la anchura de sus calles flanqueadas de viviendas planta baja, por su aspecto cortesano en la medida rural de la vida en esos campos. Sabrá el lector que Madrigal es villa natal de Isabel la Católica –cuyos lugares domésticos custodian las monjas de la orden contemplativa agustina. Allí la estancia donde, reinando don Juan II, acontecieron las primeras cortes de Castilla. Y también las dependencias que Fernando e Isabel usaran para ulteriores asambleas de las cortes. En la planta superior, la vivienda muy real y muy campestre de los reyes. La diminuta alcoba donde la reina naciera. En saliendo, la muralla dibuja una plaza tan noble como campesina y ancha –cuyo cierre lo propicia el primer hospital edificado en Castilla, custodio hoy de la estremecida imagen del Cristo de las Injurias. Es Madrigal, en la provincia de Ávila, una villa cuya población decrece –y que resiste las andanadas de la migración y el tiempo. Con el vigor popular que intensifica y mantiene tradiciones muy antiguas. Con la labor parroquial, tenaz como contundente, de recuperación del esplendor de su templo –con su patrimonio y arte. Comer, en Casa Lucio –extramuros. O camino de la capital, en El oso y el madroño –un asador, llegados a Peñaranda de Bracamonte.

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