Me refiero a aquellas que se abren un camino clase media –inducidas en un momento oportuno, y adornadas con un toque entre chic y cultureta. Recuerden el latinajo annus horribilis que popularizaron los miembros de la monarquía hoy reinante en Reino Unido –después de que ardiera el castillo de los Windsor, allá por los años noventa. Y de este modo, hoy cualquiera que en año nuevo recuerda el año desastroso que ha pasado, siente el tic de pronunciar ese cultismo con expresión de su rostro entre sublime y resignada. También la moda por la que –para decir que una cosa tiene un lado interesante- una clase progre acomodada dice que tiene su aquel tal cosa, adornando la finísima expresión con un gesto vuelta y vuelta de una mano. Lo que no es novedad: pues también hace siglos hubo un habla, por ejemplo, afrancesada. Modos de destacarse de un conjunto que se pretende inferior, o de proclamar ventaja. Lo peor, la evidencia de impostura –cuando tales expresiones exceptúan la cultiparla en el contexto ordinario del decir de esos hablantes.

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