No creo que haya motivo para que el lector piadoso mire con incomodidad o escándalo el título que hay arriba –pues hay en las escrituras sagradas noticia de personas que negociaron con piedad y hasta con éxito. Aunque tengo que decir que estos personajes entre indigentes y heroicos, cuyos perfiles se nos muestran ungidos de luz divina, no sé hasta dónde tienen brillo por el barniz hagiográfico –e incluso digo teológico- del retrato literario en que se muestran. Por lo que hace a la experiencia lisamente humana y del día a día, diré que encontré quien no negociaba con Dios la muerte de su cordial enemigo –o entendámoslo mejor: no negociaba abierto y sin disimulo. Pues él no pedía que tal persona muriera anticipadamente –no le quito ni un momento de los que Dios en su providencia le tenga determinados– pero sí pedía, por ver un día lo que tanto deseaba, no morir él de antemano.

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