¿Por qué escribir cada día, lector, si no es porque estás ahí como alguien que no busco y que no exige –o que, exigiendo, carece de poder imperativo…? O porque estás ahí, mas sin rostro que reaccione con su mueca o con su gesto al esmero con que pulsa mi conciencia en el teclado. O porque me apareces de ese modo más cercano –como el hueco que dibuja los perfiles de un alguien que no inquieta por su ausencia. Por qué escribir si eres para mí tan desconocido y lejano –no distante, pero sí futurizo a cada tecla y cada impulso de mis dedos. Por qué, si no es por las palabras  que me llegan y que amo –que te envío por la luz, y que vuelven desde ti sin un retorno.

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