Una de las cosas por aprender en la vida, es la ponderación de los medios y los fines. Los costos que asumimos en función de cuáles beneficios u objetivos. Y es madurez, a los respectos que digo, entender que no hay valores cuya integridad sea tan incuestionable que devengan absolutos. De aquí que cualquier actuación –y también cualesquiera militancias- se produzca en la frontera que decide cuáles cosas sacrificamos en el todo o en la parte, por obtener tales otras. A sabiendas de que no hay frontera universal y menos definitiva. De aquí que, ordinariamente, la clara extralimitación y el salvajismo que presiden el actuar terrorista no cuenten con otra oposición en terreno del discurso –sino la retórica de afirmaciones tolerantes y valores sin discusión e inconcretos. Vaya cuanto acabo de decir, por afirmar la necesidad de dotar a la razón en política de conceptos suficientes a discriminar la justa ponderación de actos legitimables, en relación con los actos terroristas. Como también la precisión de conocer con ciencia y con realidad la psicología que lo nutre, y la moral que amamanta de tal modo al terrorista.

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