Cualquiera que haya recorrido un mínimo escalafón, o que haya madurado como hombre –por decirlo simplemente-, sabrá que el poder no existe. Entendamos: no es que no exista de hecho, sino que no hay lugar en que podamos afirmar se encuentre residenciado. Siendo como es la sociedad de los hombres un lugar de condicionamientos circulares y recíprocos. Es así lo que, con palabras inventadas y por lo tanto modernas, algunos dan en llamar deslocalización del poder: como descubrir de repente que es una realidad que no pertenece a nadie, y que a todos nos posee. Y en esta red de araña, en algunos se condensa más o menos la visibilidad de una cierta facultad de mando: sospechosos para quienes se sienten subordinados, carentes de autoridad para sí y ante otros superiores. Esa soledad que no es otra que la soledad soterrada que siempre tiene a los hombres –los que a sí mismos se mienten por no verla, los que precisan creer que consiste en un tributo por mantener posición o por gestionar una abrumadora causa.

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