La oficina de la inspección técnica de vehículos (también llamada ITV) tiene el aire de las antiguas dependencias de administración depauperada y casposa. Con sus paredes raídas, un desvencijado aparato calefactor que no funciona –según dice un funcionario- unos roñosos bancos adosados a la pared –que nadie utiliza por un prurito de higiene. La oficina tiene, por toda novedad, una actualizada ventanilla con limpísimos cristales y armadura niquelada y reluciente. Tan moderna que permite alturas varias del cristal que hace de cierre –según gradación escalonada de soportes en el riel vertical que la sostiene sobre la bandeja de intercambio de dinero y documentos. Hace un tiempo sólo se admitían los pagos en efectivo, hoy por graciosa novedad se permiten mediante tarjeta bancaria –a condición exacta y exigente de avisar con prontitud antes de entregar el documento. En estas ocasiones, la altura inferior del cristal de ventanilla no es apta para la dimensión del terminal de tarjetas –que tiene que asomar hasta el lugar del cliente. De aquí que el funcionario accionara el mecanismo simplicísimo que mantiene el cristal hasta una altura un grado más elevada –desencajando los soportes que a ambos lados lo mantienen, elevando el cristal con una mano y engarzando nuevamente los soportes a la altura requerida. El siguiente usuario pagará con efectivo –y el funcionario realiza la operación consabida, pero en un orden inverso. Otro más, y con tarjeta –y vuelta a subir el cristalito del modo que ya se ha dicho. Y así tantas veces, veces tantas, inquiriendo un presente si sería por aliviar la penetración del frío de la sala donde todos esperaban –o por ser una novedad de tal modo inesperada, que no se viera ni se hallara el funcionario en regocijo mayor con tan moderno instrumento.

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