Con frecuencia reducida si creciente, las habitaciones de hoteles sacrifican la intimidad de la ducha a los imperativos de la funcionalidad, del espacio o del diseño. Y así, he visto alojamientos con amplio espacio de la estancia destinado a los menesteres del aseo –pero con separaciones no funcionales, y cristales que no llegaban a oficio de celosía salvo para las privacidades menos decorosas de inodoro. También he visto un cristal impoluto y transparente separando una bañera de diseño del resto del dormitorio. Sin privacidad para usuarios de esa pieza. En esta ocasión me comentó el hotelero que era habitáculo concebido para parejas muy jóvenes y de escapada más o menos dominguera. Yo soy de opinión que la intimidad en estos lugares debiera ser una opción en todas las ocasiones y para cada usuario. Por la comodidad sobre todo, y por no privar de elección en cosa tan señalada.

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