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Para quien ha vivido y tomado tan en serio los quehaceres filosóficos, es exigencia reconocer que en los últimos decenios no hubo pensador que se preciara –que no fuera un maestro en manejar adjetivos. Lo que tiene su punto de extrañeza y de perplejo, siendo la metafísica cuestión de las esencias sobre todo: de los nombres. Pero la filosofía última ha querido deshacerse de cuestiones ontológicas, derivando sus tareas hacia una actividad de oropeles y oratoria. Llegados a este punto, nada objeto sobre ello y antes bien reconozco la eficacia tan bella de los discursos –llegando a tantas personas. Aunque hay verdad más serena en lo austero de los nombres –la sede del enunciado, la caricia que el pensar deposita entre las cosas, la juntura articulada de memoria y pensamiento.

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