Enjuiciar es subsumir la experiencia en el orbe universal de un concepto. Así lo enseñó en mis años estudiantes un profesor de lógica. Lo más simple, cuando en oración enunciativa subsumimos un determinado esto –amalgama de impresiones que nos dictan los sentidos- bajo el concepto general, si decimos de ello que por ejemplo es un paraguas. Pero hay otros modos de enjuiciar cotidianos y complejos: la señora, igualmente por ejemplo, que usa ardides en un supermercado para saltarse la cola. Y digo en femenino, y pasando por encima de los usos más correctos, por experiencia padecida de ese modo por mil niños a quienes sus madres enviaban a un mandado a la tienda de la esquina. La señora que con ardides no respetaba la cola. Enjuiciar por conocer: proceder con pequeñez en asunto intrascendente, por mostrar la anomia irrespetuosa que en lo moral se permite.

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