Un día de cualquiera bien pudiera ser un conjunto de minucias –así como una tabla del Bosco: un amontonarse de detalles, suficiente cada uno por sí mismo pero reclamando a un tiempo el contexto de los otros. Piense sin más el lector en el ritual por el que prepara el café del desayuno, o el abrir y teclear en el portátil, o el conversar mientras se come en un bar al mediodía. Ponga en su magín esas escenas, vistas a una distancia que las hace diminutas. Y piense en tantas otras –millares, que en este post no cabrían. Véalas como si desde fuera de ellas mismas las mirara. Y las verá como un juego de detalles -un belén, o soldaditos de plomo en un campo de batalla. Cada escena por sí misma –como pequeñísimos contextos que definen y circunscriben, significantes en suma, utensilios y personas.

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