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Cartagena tenía, al mediodía, un sol extraordinario. Después de escuchar a la coral de un colegio –villancicos y sones en la fábrica singular de la iglesia del Carmen. Había mucha gente por las calles del centro: esa zona peatonalizada que el concejo ha extendido por amplísimas zonas desde los muelles del puerto. Los muchos bares –de turismo y de visitas de cruceros- han desplazado de allí restaurantes de mantel y de servicio elegante. Lugares, en su lugar, de pescaíto y marisco, bocadillo impresionante o de paella –como en lugares de litoral, y sobre todo andaluces. Con todo, o por ello entre otras cosas, se advierte cuánto ha ganado la ciudad en los últimos diez años. Aunque se mantiene en general, y en el trato, el tono inalterado que un nacionalismo cantonal y provinciano imprime en un desdén -impretendido quizás- hacia otras geografías o personas.

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