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Tan fácil es -en un mundo virtual- construir identidades, perfiles o sucesos, como romper un buen nombre en añicos –un destrozo irreparable. La prensa tuvo al menos el control deontológico, más o menos ejercido con escrúpulo variable. Ante ello, inquieta sobremanera la credulidad universal –la tópica aceptación de las premisas, el acogimiento sin examen de cosas tremebundas y hasta hirientes que se narran. De aquí la envergadura moral del maduro escepticismo, que ni afirma posición ni tampoco niega el hecho. Por la imposible contrastación que permitiera enjuiciar sobre algunos semejantes. Resultante práctica con vistas a la acción que se estima procedente: la irrelevancia de las cosas que se narran –por ser impertinentes con vistas a lo que un particular emprendiera, o por causa del olvido en que un tiempo no lejano las sepulta. O la indecisión que resuelve en exigencia los dilemas del respeto.

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