Todo aquel que entre al templo, sea por la causa que fuere, sea invitado a depositar una ofrenda. No crea usted, lector inteligente, que se trata de una máxima teológica ni tampoco una práctica común entre clérigos católicos. Pero haber quienes de este modo proceden, los hay y de qué manera. Piensen por ejemplo en un concierto de música antigua, donde el preste pone el templo –y recibe gratitud del grupo coral, en el programa de mano para seguir el evento. La súbita aparición del sacristán, repartiendo a los asistentes sobres parroquiales a efectos de donativo. Antes de finalizar los sones un monago se apuesta en una puerta de salida lateral de la cancela, y una beata en la otra. Con sendos bolsones rojos de tacto de terciopelo. Ningún donativo los frecuenta, al menos en lo que veo. Por no sé qué mecanismo de elusión o defensivo, el público agolpándose a la salida por la puerta del monago –tal vez en evitación del gesto más incisivo, por de vinagre y adulto, en la puerta alternativa.

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