Lo he conocido como persona de hábitos solitarios –no porque pase mucho tiempo a solas y consigo mas por ese modo de relacionarse con los otros, consistente en estar entre ellos sin poner en el tapete ninguna realidad no objetivable: el trabajo, una cena con colegas, la asistencia a un partido deportivo. Pretextos suficientes para concentrar la atención de los ratos compartidos, sin precisar comunicación que pudiera ir a lugar diferente del contexto establecido de ese modo. Lo he conocido, por tanto, sin reputación de sociable por la parte de su entorno. Y no diré que su actitud obedeciera a la preservación de intimidad o secreto. Más bien, una pereza de verterse en las naderías que comporta la convivencia ordinaria: las conversaciones que, agotada con celeridad su enjundia, se dispersan en el mariposeo de la fútil fruslería, o en los tópicos con gravedad compartidos. Con ello y con todo, no sé decir si su fama de hombre raro consiste en otro modo de mirar la soledad que a su alrededor impone –toda vez que nadie ha mirado, a lo que a mí se me antoja, territorios tan suyos –tan íntimos, o privados.

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