Las lluvias han dejado un olor de tarde recogida, en salón con ventanales y repiqueteo menudo –las gotas como agujas afiladas, diminutas, estrellando en el cristal su algarabía mojada. La calle abandonada por causa del raudal inhabitable, ahuyentando los trajines y las gentes que por lo común la pueblan. De pie tras el cristal, en una mano la taza del café y en la otra el caprichoso plato –miro más allá de la calle, de su agua, del cristal del ventanal de la mansión de enfrente. Con mirada desatenta, casi absorta –veo en él una vieja musitando, casi hablando con los labios, sola ante el cristal iluminado como quien repite redundante un ancestral conjuro. Y el nieto, a sus espaldas, ausente de su abuela y recoleto, jugando y gateando por la alfombra que lo absuelve de la humedad del suelo.

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