En la tarima que todavía ponía en altura preeminente el sillón del profesor, en el aula universitaria de aquella provincia española, se dictaba la lección de filosofía en materia de política. Allí, y mire el lector que es incorrecto decirlo, el cátedro explicaba que el Estado es estructura de poder que precede a la voluntad de aquellos individuos que bajo su constitución lo habitan. Y no veía en ello contradicción a principio democrático que de parte se alegara –pues esa estructura es el bastidor que permite que haya individuos con legitimidad de criterio político y opinable. De modo, explicaba el profesor, que resulta conveniente y en gran manera legítimo que el Estado mire a su preservación con la fuerza fáctica y legal que al Estado corresponde –condición de la igualdad para todos, y la libertad que por ella se preserva. Esto decía el profesor y entre tanto, en el fondo de la clase y por evocar una escena de la novela realista, alumnos preparaban la sartén para freír unos huevos en otra clase ulterior –que dictara profesor embebido y abstraído en materia metafísica.

©

Anuncios