Etiquetas

El aprovechamiento del espacio en el patio de butacas, hace incómodos los asientos para las casi tres horas de duración de esta obra en el Teatro Romea. No obstante, la densidad y el potente dramatismo mantienen la atención y el interés del respetable, sobre todo en la parte que antecede a los minutos del descanso. Deambulando por el corredor que distribuye el acceso al patio y a los palcos laterales, y al encuentro fortuito de conocidos versados, escuché la aprobación general de la trama y los actores. Por mi parte, he encontrado un poderoso dejo que acerca este libreto a una generación de la novela francesa –la que sucedió al existencialismo, o a Marguerite Duras ‘Hirosima, mon amour’. Lo que es una definición, y la impregnación de un tono. Sea ello dicho de un autor que cuenta lo rotundo de su obra en los dos decenios últimos. La técnica literaria jugando con dos tiempos narrativos: el presente del narrador, imbricándose en el tiempo de la acción que en el presente se narra. Ello plantea al espectador una exigencia reconstructiva –una atención hermenéutica. Para la segunda parte, se advirtió una implicación menor por parte del público asistente. Por un decaer de la tensión de la trama, por la resolución en que se adentra la acción –camino de un expreso desenlace-, y también por el recurso tan central y tópico al antiguo mito edípeo. Nuria Espert, excepcional en sus recitados y en su estar majestuoso. Lo demás, una obra muy aceptable –para público que guste de estos dramas, y la intelectualidad que de este modo los urde.

©

Anuncios