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Oyendo a periodistas por la tele, parece que los twitteros fueran un ojo de millones de pupilas –con avidez expectante de sentirse provocados. Una informe masa agazapada por detrás de la carátula, de la que emergen y provienen marejadas de indignación por motivos de la corrección ideológica que se impone a empujones. Y ahí el temor de expresar opiniones en la radio o la pantalla –y lo digo a sabiendas de que los twitteros de inmediato van a despellejarme. Como ademán temeroso de los empellones que internet dirige con indignidad creciente sobre la fama pública, y también contra la vida privada. También con el regocijo interno de saberse –importantes y atendidos- en el centro de furores irresponsables, masivos pero no anónimos.

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