Tiene la muerte inesperada de persona discutida –que le deja para siempre una última palabra. Un acontecer que moviliza el enjuiciar retrospectivo. Y desde ahí se la inviste de otra luz –un mirar de ponderación distinta con respecto a lo que fue: sin que autorice a enjuiciar por lo que o bien a algunos parecía en su momento, o sería deseado, o de algún modo se cree. Y también es lugar a partir del que se enjuicia a quienes transgredieron con palabras la distancia necesaria: sin poner ni ponderar la coyuntura en el fiel de una balanza. Como igualmente un crisol para aquellos que en las horas sucesivas no quisieron discernir más allá de lo inmediato: la consigna –cadáver verdadero inhabitando aquella escena-, y la infamia del provecho equivocado y perentorio.

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