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Me la recomendó AN, que es amigo culto –de juicios atinados, y de perspicacia mucho más que inteligente. Me dijo que, estando en Córdoba, es esta taberna un lugar de comidas dignamente inexcusable: uno de los grandes restaurantes –y cuánto decir es esto- entre los numerosísimos buenos que jalonan un país como es España. Por lo demás, y aunque la era de Google dispensa de facilitar direcciones, ni teléfono, ni la ruta de llegada, diré por si algún lego todavía resistiera que se encuentra a la altura del número 4, calle Blanco Belmonte –muy cerca de la catedral-mezquita. Allí, lo cuidado del espacio y su limpieza no encubren su naturaleza de taberna recoleta y muy antigua: un diminuto salón con cinco pequeñas mesas. Por ampliar el servicio, también hay mesas de terraza bajo el toldo de la puerta. Una carta reducida, de altísima calidad y selecta grandemente: pues jamás un salmorejo me ha sabido de ese modo, ni la gamba de Huelva sobrepujando la calidad de su origen, ni tampoco el flamenquín cordobés –ni el delicadísimo hojaldre, para postre, del pastel del mismo nombre. Recomiendo para vino un chardonnay, que es más nuestro –que el verdejo es más del norte. El camarero –se me antojaba que el dueño- es hombre enjuto que no detiene un instante su venir y su ir desde una mesa a la otra –desde el salón a la calle. Con solicitud elegante, por distante y refinada. Tanto así, que el ambiente que se crea en el lugar no permite expansiones de adulación al manjar ni al restaurante. Todo franco –su exigencia. Lugar que hizo honor a recomendación tan valiosa para mí, como lo he dicho –y, a la verdad, tan solvente.

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