Andaban hoy, esta mañana, dos amigos con cuitas diminutas por lo que creían dolencias, o señales que por los años cumplidos el cuerpo les trasladara. Con un desenfado que ambos aparentaban –como quien, en la mitad de una cavilación incipiente, se afana en mostrar indiferencia o en restarle una mayor importancia al nubarrón que se intuye o que amenaza. Y a buen seguro es lo cierto que las señales que he dicho no fueran tan agoreras. Pero miraba en ellos la pose con que alcanzamos lo maduro de los años –mantener una distancia con respecto al infortunio que se nos pega y alcanza. No tanto por mostrar independencia y fortaleza como por alejar un instante lo que sabemos más o menos de camino -venidero tarde o pronto, o una pizca inexorable.

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