Los sueños son celosos de sí mismos, y resisten al acoso escrutador de la escritura. A ese afán descriptivo con que se busca aprehender lo acontecido bajo los párpados mudos –la anécdota, desvanecida y huidiza una vez que despertamos. Pero también difuminan lo que en ellos percibimos de nosotros -nuestro sentirnos en ellos: nuestra dicha algunas veces, nuestra angustia, la extrañeza de ese mundo irreal en las más numerosas experiencias. Y ahí, el obrar –tal Freud lo dijo- de una secreta censura. Pero algo hay en ellos que nos llama con unción en ocasiones –al unísono de la invención con que escribimos palabras: cuando la impresión que aflora no es de un espacio ensoñado en que actuamos o sufrimos las acciones de los otros –mas de un tiempo: que no es el mío, y me tiene –sintiéndome en su interior, y viéndome desde afuera.

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