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Debo reconocer que tengo por agradable en gran manera la conversación con personas liberales. Sobre todo por la desinhibida fluidez que permiten y con que hablan –sin corrección de opiniones, ni tabúes en cuantas cosas en palabras se intercambian. Hace un par de días, sin más, uno de ellos me dirigió un agudo comentario relacionado con determinada reacción de unas recién visitantes de la mezquita-catedral de Córdoba. Según, ponderaba una a otra la cateta prepotencia de enclavar la catedral en el corazón de la mezquita, añadiendo que menos mal que no habían cometido la felonía de derruir su fastuoso ‘mihrab’ y sus puertas aledañas. Mi conocido hizo gracia del sinsentido de hablar de la parte central de las naves como el corazón de la mezquita, dejando a un lado el mihrab que la construcción posterior respetó junto al resto del conjunto, con el conocido escrúpulo. Pero me comentaba también el sinsentido de no padecer escándalo por la demolición de la basílica cristiana primitiva, y sí de una parte de la posterior mezquita –tal si fuera barbarie e ignorancia, caso de que la hubiera en ello, sólo cuando la demolición es de la parte cristiana. También comentó, muy liberal y muy atento, que la pretensión reciente de la izquierda por facilitar el culto musulmán nuevamente entre esos muros era intromisión en cosas de religión -una violación sin más del laicismo que predican. No trajo estas consideraciones por acotar tema alguno, más por señalar rasgos que hicieran reconocible una progresía sin saber ni reflexión. No dijo que, de momento, cateta.

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