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El ayuntamiento de Baeza ocupa un edificio últimamente recuperado cuya fachada es arte renacentista y no acostumbrada belleza. Uno de tantos prodigios que, labrados en la piedra, enriquecen la ciudad y sus blasones. Pero lo vengo a decir en estas líneas porque en la fachada –ocultando los relieves finísimos y cenefas de la piedra- se muestra un cartel de dimensión notable, creo que en plástico, que exhibe la concejalía de igualdad del municipio. Y esto de la igualdad trasuntada en gestión, política y militancia, merece una consideración por si en alguna ocasión nos pudiera conducir a un lugar indeseado. Añadiré que no es la primera vez que lo veo de esta manera –desde aquel ministerio de igualdad en medio de una levitación de las que asaltaban a veces al gobierno Zapatero. Y conste que yo vería bien que hubiera tal concejalía o el dicho ministerio, si se precisara meridiano el alcance y aplicación de la igualdad que se pretende: qué es lo que se quiere igualar, las razones por las que tal se pretende, las discriminaciones positivas en que habría de recaer la acción –y sobre todo y de modo señalado, la razón de legitimidad para convertir todo ello en objeto de una acción planificada por la administración de lo público. Pues de lo contrario, no vería por qué una concejalía de igualdad y no de la amistad más bien, o de la felicidad, o incluso de la alegría. Valores todos ellos esenciales para la vida de cualquier hombre. Pero vengo nuevamente a lo que al principio de estas líneas dirigía esta invectiva: pues en el cartel que he dicho se va actualizando el número de mujeres víctimas de agresión por parejas y maridos. Una serie numérica con cuartelas en que se insertan los dígitos –convertido el balcón municipal en marcador que exhibe la facticidad diaria de un resultado. Razón que da por pensar acerca de lo oportuno de que se acuerde crear en esos y esotros pagos un concejal del buen gusto.

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