Es el caso que internet, y las redes sociales sobre todo, son lugar donde con facilidad la opinión se adultera e intoxica. Pues no es tan sólo que cualquiera pueda publicar la falsedad, por amor de lo que es falso y a sabiendas. También porque la credulidad reduplica la difusión del mensaje, con complicidad que elude casi siempre su flanco responsable –sobre todo por la aportación minúscula de un retweet a la masa descomunal de los bulos. El anonimato, en fin, de la maldad –por el grado reducido de participación y su ínfima conciencia. De aquí, lector, la importancia de la prensa publicada con respeto y garantía. Y también, y por qué no, la faz del compromiso de este Blog y de otros tantos –con la autenticidad que, perentoria, hoy reclama la política.

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