La victoria de Trump ha hecho que Occidente recupere la cautela de la profecía que se pronuncia ex eventu. Sobre todo después de que casi nadie diera un céntimo por la candidatura que, por misoginia y por racismo entre otras cosas, mucha gente denostaba. Ahora, leyendo prensa escrita y escuchando noticiarios y tertulias, se asiste a arabescos del discurso –hablando del deber ser en la política, o analizando la metafísica transitoria de los juegos en cuestiones de poder y de gobierno. Pero nada que pronostique en las cosas relevantes –y, como quien escribe a diario, lo entiendo. Pues se asiste a un momento en que el sistema engullera aquella voz casquivana y disonante, o abriera una fisura que una memoria antigua conserva: de la que por temor atávico e irreverente, ni se habla, ni se piensa, ni se osa.

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