Seguramente algún padre no osará el intento siquiera de explicar a sus hijos que hubo abuelos –que admiraban la manera como hablaban quienes ellos conocían como los sabios. Hombres letrados que hablaban, a sus ojos, con belleza: la elevación y dulzura que admiraban por saberla apetecible y no a su alcance. Algo me sucedió también similar, en los días del colegio –cuando admiraba en maestros, y después en profesores, la manera tan magistral y brillante como su hablar nos sobrevolaba. Y si algo deseaba, al escucharlos, no era ese deseo sino ser capaz un día de expresarme como ellos. Por el deleite de hacerlo. Por la delectación, también, de compartir la belleza que crearan mis palabras –la sublimidad de la razón, la cultura, la música y la cadencia con que canta la gramática.

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