Absorto en tantas cosas estos años –o en pocas, pero doblemente absorto- recorro la ciudad tan distante en este tiempo, la ciudad tanto tiempo abandonada. Nocturno es el paseo, breves pasos –el pensamiento en sí mismo, las manos refugiadas en el hueco indiferente que disponen los bolsillos. Y la delicia de hallar fortuitos los antiguos conocidos –con su alegría y su sorpresa. Tal si nada nos hubiera separado. Hago tiempo en estos lances amistosos –por aguardar la llegada de la hora convenida, en que se inicie el concierto que me trae a la ciudad ternemente acariciada. Ya en el templo, el órgano insuflando de armonía y disonancias la vía sacra, las naves laterales, la girola… la música elevándose con gravidez milagrosa hasta la altura que las bóvedas concluyen, llenando de solidez sin materia los espacios… No otra cosa percibo, ensimismado entre todo y los ojos entornados. Por detrás, unos murmullos que la música sepulta –o los ahoga. Como si el órgano estuviera concebido para anular en sonido y en belleza la conversación profana que mantiene un feligrés en los espacios sagrados.

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