Hay quien ve su profesión como una resultante metafísica –y lo digo sin censurar, ni desdoro. Pues no piense el lector que esa actitud profesional anda tan distante de una ética. Puritana o calvinista, según el lector que lo enjuicie o lo mirara. Y creo yo que una generación de españoles tampoco anda tan lejos de así verlo –educada por su adolescencia en contexto de finales del franquismo. De ella, los más avisados o pillos supieron virar su actitud hacia la negociación consigo, con la realidad, con los principios internos. Pues de ello dependió su buen vivir, incluso la vida exitosa –y lo digo sin censurar, otra vez, y sin traslucir desdoro. Así hay intelectuales que viven hace tiempo de bestsellers, y de provocar esporádicos con expresiones chocantes hacia un público de agudeza cuando menos descuidada. Una ética también, pero trufada esta vez de utilidad o de pragmatismo incluso. Como también sucede si se mira la deriva de algunos que ocupan puestos de representación o gobierno: del honor del servicio transitorio hacia la patria, a la profesionalización no sacral de la tarea que incumbiera al gobernante, y de ahí a la desinencia última –la construcción de un lugar de arbitrio y de decisión, donde cooptan y se lucran un enjambre de pillastres.

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