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Comenzaban los cuentos infantiles con un indefectible erase una vez… Como determinados relatos lo hacían con había un país, o bien en un lugar de La Mancha… o cualquier otro modo de construir una escena para enmarcar la acción que el relato pretendido acomodara. Después, en estos tiempos más nuevos, el lector comenzó a percibir con enojo la voluntad narrativa que ­–lo quiera o no lo quiera- lo ha de conducir a lugar determinado, sin su arbitrio y con gesto narrador autoritario. Entonces, dio la moda en imponer un comienzo ex abrupto de la acción –pero no porque el narrador prescindiera realmente del recurso, mas por una elipsis sibilina y calculada: sobreentendida la existencia de un marco geográfico y temporal que al comienzo el narrador no declara, y que se irá definiendo cuanto antes al avanzar el relato. No deja de ser un modo más de lo mismo: la invención del escenario. Otra cosa será el relato en el que no cuenta la anécdota –un posible suspendido en espacio no irreal: un espacio inconsistente, que subyuga o que fascina por lo etéreo y –ay, contradicción dichosa- por lo inmediato y concreto.

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