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Recuerdo la columna de periódico reclamando contra el abandono de ese lugar castellano –español- que es Los Toros de Guisando. Aquella columna celebrada de Federico Jiménez, que fue causa de una atención posterior por parte de los actuales propietarios. El lugar entre Ávila y Cebreros donde Isabel I juró el trono de Castilla –ese momento en que Portugal se alejó del horizonte de la unidad política de Hispania. Si bien Aragón, con su Fernando, asumió su cuota parte en la reunificación peninsular bajo una sola corona. Visitar el lugar, las ruinas de la venta de la jura –los verracos, milenarios ya en el solemne momento que digo-, no tiene emoción mayor, e incluso interés apenas, para quien desconoce –o desama, esta universal historia.

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