Comunicamos con otros por palabras y por gestos. Como animales que somos, y también en cuanto hombres. Imaginen, por empezar de algún modo, el gesto del can que amenaza con fiereza entre sus ojos –con mostración agresiva de incisivos y sonido gutural que medio arranca en ladrido: para denotar la determinación de no consentir, por provocar al adversario hacia el miedo o a la huida. O el gesto de placer que acompaña en relaciones humanas a los goces del orgasmo. Univocidad de lo que traslada el signo –unidireccional el camino desde el gesto hacia la cosa. Las palabras, sin embargo, nacieron para ser por nosotros una realidad más alta: posibilidad de un discurso articulado, con matiz y sutileza. Para hacer también posible el intercambio que enriquece y hace noble al pensamiento –cosa humana, sobre todas. Aunque esta vocación también requiere solícita vigilancia: pues la palabra decae hacia el gesto cuando faltan los discursos y se aturde el pensamiento. Y entonces es bronquedad, o es insulto, o amenaza –a cara de perro todo, que la expresión no nos miente. Cosa que pudiera Pablo Iglesias meditar, por si su usado discurso fuera gesto de unívoca pretensión –por si al final se erigiera en imitador de sí, en histrión que articula sus palabras sin trasladar pensamiento: como gestos que se esgrimen con vehemencia, y que carecen de alma.

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