La mediocridad comparte con la estulticia la ignorancia de sí misma. Sería un aserto que una psicología moral suscribiera en algún caso –su demérito, que no pasa de describir unos hechos. Otra cosa es cuando ambas se vuelven militantes –en pro de la salvación de quien las porta, y cuando les imponen a otros sus necias consecuencias. Es ahí donde el tonto y el mediocre demuestran coram populo su propia insuficiencia: precisando un rival reconocido por mérito al que puedan denostar con arrogancia –por no recibir devuelta de sí mismos, su imagen confundida en el vaho su espejo.

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