Por detrás del mostrador de madera agravado por su baja calidad, y por el paso del tiempo –la figura de Martínez, afable y antañón funcionario de correos. Eran tiempos en los que el administrado acudía a ventanilla como quien iba al dentista –temeroso de que el envío pretendido careciera de un inútil requisito previsto en el reglamento. O de un vuelva mañana cuando la ventanilla cerraba con precisión puntillosa de minuto, y también con gesto hostil de manguitos y bigote. Pero Martínez era quintaesencia del funcionario que cualquiera hubiera soñado con encontrarse -sobre todo por su actitud servicial, su atención y su gracejo: como el vecino apreciado de todos, que amenizaba el corro de la puerta en la noche pueblerina de verano. Y lo era allí, en medio de la oficina de correos: donde otros funcionarios que llegaban para quedarse, o interinos, se contagiaban de actitud y de maneras. Como una madre que hacía bueno el vino joven en medida que llegaba, y que se iba. Sin que el servicio público fuera expresión inventada todavía –por ser, escueto y en todo, hombre bueno como a veces lo es también cualquiera que por ventura encontramos en la mitad del camino.

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