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La ciudad de Mula no fue afecta a la casa señorial titular del marquesado de los Vélez, desde siempre y por los siglos –como los primeros titulares de esa casa reconocen, en páginas muy ignoradas de un libro becerro cuyo facsímil no hace tanto fue editado. Bien poco hace también que un muleño me decía que el carácter local resiste con denuedo ante toda autoridad constituida, con punto de rebeldía rayano en la dignidad del clásico nadie es más que nadie. Pero sea como fuere, desde el Renacimiento hasta acá Mula es lo que es por el marquesado que he dicho. Asunto éste sobremanera central en la historia –deslumbrante y por muchos ignorada- del reino antiguo de Murcia. Y así, cualquiera que se dirija de Alcantarilla a Caravaca verá –pasada la mitad de su camino- el castillo velezano que se eleva sobre roca y que domina el territorio de Mula. Verá el paseante una puntilla de piedra emergiendo, y abrazando con mimo el fundamento de esa fortaleza ajada. Porque el castillo padece de abandono desde tiempos muy antigos –abandono de sus dueños, con los que pleiteó sin éxito el concejo en los decenios pasados. Hoy leo que el buen hacer del alcalde, con apoyo administrativo de la comunidad autónoma, ha logrado que diversos herederos hayan cedido una parte de la propiedad que –con la gestión que hoy culmina- llega ya casi hasta el tercio. Yo lo leo con ternura satisfecha –pues no es de ley que esta población vea caerse a pedazos un bien que es meollo de su historia y su paisaje, por abandono de parte y desidia inveterada.

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